"No me veo llegando a nuestro proceso de planteamiento de la educación en casa, como verdaderamente “anti-escuela”.
En nuestro caso, la educación en casa surgió como una necesidad ante el caos vital de una vida de locos. Intentar mantener el trabajo, los horarios, y tres niños menores de cinco años en aquel momento, era una locura colectiva, y los niños se resentían terriblemente.
Pero desde que tomamos esa decisión y hemos estado “des-escolarizándonos” todos juntos, la visión de todo esto ha cambiado mucho. Hemos tenido vueltas de tuerca importantes, avances en el pensamiento y en los sentimientos, personas con las que hemos compartido mucho. Y aunque no puedo decir que desde el punto de vista de representante de la Asociación para la Libre Educación, me guste promover un discurso anti-escuela, y de hecho no lo hago, puedo afirmar que personalmente si lo soy.
Lo soy desde que me doy cuenta que la escuela no es una necesidad de los niños, sino de los padres y de la sociedad en general. Lo soy desde que vivo día a día la experiencia “casi religiosa” de convivencia con mis hijos y verles como llegan a absolutamente cualquier cuestión que en la escuela se les programa, ellos solos, y con una emoción e intensidad, porque han sido respetados y se les ha acompañado en ese proceso, sin forzarles, absolutamente pasmosa. Quizá esto lo digo porque después de una gran presión externa, de grandes dudas personales, etc, mi hijo mayor, ahora con ocho años recién cumplidos, es cuándo se ha sentido preparado para enfrentarse a la lectura, él solo, y lo hace con un gusto, que a mí, particularmente, me arranca las lágrimas.
Lo soy porque veo que pasan las horas, los días, los años, como los he pasado yo, en un estado de absoluta pasividad ante todo, porque no fuimos artífices de nuestros propios procesos, y porque así nos deja la escuela... esperando que llegue alguien que nos diga exactamente lo que tenemos que hacer.
Lo soy porque todavía tres años después, alejados de centros escolares, se me ha encogido el corazón, y se me ha puesto la piel de gallina, cuándo este año nos ha coincidido ver una entrada de cole de infantil, y se repetían escenas dantescas que nosotros vivimos en nuestras carnes, niños tirados en el suelo, agarrados a las piernas de sus padres, a gritos pidiéndoles que no querían ir, y todavía estamos tan ciegos que seguimos cediendo, “por su bien”.
Lo soy, porque a mí la escuela me ha hecho mucho daño, daños colaterales que ni siquiera soy consciente de todos ellos. Pertenecer a la masa gris, a esa que nunca destaca, era la virtud. Qué niña tan buena...
Y lo soy porque la escuela no solo me ha dañado a mí, sino que ha dañado a mis hijos, y eso si que nunca se lo perdonaré. La escuela cuenta con una gran arma, y muy poderosa, la tierna edad de nuestros hijos, tan impresionables, tan sensibles, tan abiertos al aprendizaje, y cuenta con una segunda arma, todavía más poderosa. Nuestra connivencia. Ante eso, ningún hijo del mundo puede revelarse. Si agrado a mamá y a papá, soy feliz, porque ellos están felices conmigo.
La gran mayoría de personas, consideran la escuela como el gran logro social por excelencia. Pero yo solo pido una pequeña reflexión, antes de llevar a un niño a ella, sin más. Cuándo a los que lo hemos hecho, se nos pregunta :”¿Porqué des-escolarizamos?”, que esa gran mayoría que hace todo por inercia, se pare cinco minutos y se pregunte: “Y yo, ¿porqué escolarizo?”. Más de uno, si la reflexión es profunda y sincera, se habría de llevar una sorpresa."






